¿Quo vadis Europa?

 

Von Der Leyen y Trump firmaron este domingo 27 de junio el acuerdo arancelario UE-EE.UU en Escocia


“Un gigante económico, un enano político y un gusano militar”. Esta frase la pronunció el exministro de exteriores belga, Mark Eyskens, en 1991 hablando a cerca de la Unión Europea. Lo hizo en un momento de ola integradora, expansión y globalización en el continente, pero hoy 30 años más tarde, cuando el mundo ha dado un giro de 180º, su significado está más vigente que nunca.

Nadie ha vivido más cómodo en el mundo en los últimos años que Europa, nadie ha disfrutado de mayores cotas de bienestar, libertad y democracia que ahora se ven atacadas. Pero el mundo ha cambiado, en un contexto multipolar, más proteccionista y en contaste cambio, el Viejo Continente debe repensar cuál es su papel en el mundo y cómo debe encajar sus piezas.

¿Quo vadis Europa?


Como todo análisis de una situación actual y futura, es imprescindible ver de dónde se viene, dónde nace la Europa que hoy conocemos.

Decía Jean Monnet, uno de los padres fundadores, que “Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones adoptadas para afrontar esas crisis”. Europa viene de siglos de conflictos, ambiciones imperiales y rivalidades entre potencias. Desde Westfalia y la Conferencia de Berlín hasta los horrores de las guerras mundiales y la Conferencia de Yalta, donde no solo se definió el mundo en él que vivimos, si no la plena configuración de Europa. 

De ese pasado fragmentado surge una nueva visión: la necesidad de unidad y cooperación. Europa aprendió de sus errores y comenzó a construir un proyecto común basado en la paz, el entendimiento y la integración.


LOS FELICES AÑOS 80 Y 90

Son los años 80 y 90 y Europa se asienta social, económica, política e institucionalmente como nunca lo había hecho en su historia. Es el punto álgido de las democracias liberales donde los estados pierden peso en detrimento del actor privado y del individuo. Son también los años de la Guerra Fría y de la contraposición de 2 modelos antagónicos: el socialismo, encarnado en la URSS, y el capitalismo, en occidente.

Es esta libertad con la que cuentan las empresas y las personas, sumado a un mundo cada vez más abierto y conectado entre sí, lo que lleva a la deslocalización de los núcleos productivos e industriales. La lógica es que, si es más barato obtener materias primas o fabricar en países en vías de desarrollo como China, India o gran parte del sudeste asiático, y además cuentas con el control de las redes logísticas y de transporte (navieras, aerolíneas, etc), por qué ibas a seguir produciendo tus bienes en lugares donde esa producción no está "bien vista" y además es más costosa.  Europa se deshace así de gran parte de la industria de bajo valor añadido (chips, producción manufacturera, …) y hace hincapié en la terciarización de la economía y en mantener el ensamblaje de esos productos en suelo europeo.




Esto no solo ocurrió en el caso de las factorías, también con la energía. Europa deja de producir mediante medios autóctonos como el carbón, o más recientemente la nuclear, para estandarizar el gas como método principal de obtención energética. Gas que viene fundamentalmente de Rusia, en el caso de los países del norte y este continental, y que hace de la producción energética algo más “limpia”, barata y DEPENDIENTE. 

Una manera más de comercio surge en el mundo, la energía como moneda de cambio. Esto era y sigue siendo Europa, ese gran mercado que señalaba Eysken y que es quizás la mayor de sus fortalezas, pero también la peor de sus debilidades. La gran dependencia del comercio internacional la hace mucho más vulnerable frente a las amenazas externas o la inestabilidad global.





Son también los años de la expansión de la OTAN. La mayoría de los países europeos se integran bajo el paraguas americano de la defensa y sumado a la Caída del Muro de Berlín en 1989, los estados no solo es que dejan de reforzarse, si no que inician en muchos casos la desmilitarización, abandonando la gran parte de los hard power de la defensa (guerra o ejército tradicional) por un mayor énfasis en los soft power (misiones de paz y estabilización de los países) sobre todo en partes de África, Oriente Próximo y alguna región de Asia.

Hoy en día, a su vez, los ejércitos también tienen que adaptarse a los tiempos, la guerra del siglo XXI ya no se juega solo en el campo de batalla y en la inteligencia tradicional, ahora entran en juego las amenazas híbridas como pueden ser el ciberespacio, ciberseguridad o el auge del terrorismo como elemento desestabilizador.

También se asientan las instituciones que mezclan lo nacional y lo supranacional y los distintos tratados como Maastricht afianzan la unidad económica y monetaria y asigna las responsabilidades de la Unión.


Esto son tres éxitos de esas décadas: la creación de las instituciones europeas, el aumento del comercio internacional y el desarrollo del vínculo transatlántico materializado en la OTAN. Pero a su vez, tres patas de un mismo problema: la dependencia, bien sea energética, tecnológica o industrial y militar. 


¿CUÁNDO SE JODIÓ EUROPA?

Como decía Vargas-Llosa, quizás Europa ya se había jodido mucho antes, cuando en los años de mayor bonanza, expansión y éxito del proyecto, no se tuvo la suficiente amplitud de miras para manejar las expectativas respecto a la realidad.

En cambio, si preguntas a cualquiera, la mayoría te dirán un año: el 2008 como punto de inflexión en Europa y declive de la globalización tal y como la conocíamos.

Es el año de la caída de Lehman Brothers que provocó el pánico generalizado en los mercados financieros globales y que acabó afectando de lleno a toda la eurozona, pero sobre todo a aquellas economías menos competitivas (España, Grecia, Portugal, …).

Los años que lo sucedieron fueron los años de los "hombres de negro" y la Troika. Los países llevaron a cabo una política de austeridad, liderada por Alemania, basada en mecanismos de freno a la deuda, lo que generó tensiones entre las regiones menos competitivas porque si no podían seguir financiándose vía deuda, como hacían hasta el momento, se enfatizaban aún más sus grandes desigualdades. 

Son tiempos de propagación del euroescepticismo, con el nacimiento de la izquierda populista en gran parte de los países, y de crítica hacia la expansión de los últimos años por las grandes diferencias sociales y económicas entre los países miembros. Es por ello por lo que Europa entra en proceso de  gestión de crisis y de tensiones internas permanente, que podríamos decir que llega hasta nuestros días.

Pero no solo de crisis financieras y política va la cosa, en 2008 Rusia también invade Georgia, lo que supone una de las primeras rupturas de las normas internacionales establecidas, como previo aviso de lo que hará en 2014 también con Crimea. 

Además, China deja de ser una potencia emergente y empieza a apostar por producir también bienes de alto valor añadido, como tecnología o vehículos, lo que hace ver a Bruselas que la deslocalización de los años 80 y 90 solo les había traído dependencia hacia China y por primera vez en siglos parecía que otra vez el mapamundi volvía a poner a Asia en el centro. 

Todo esto no hizo más que ponerse de manifiesto con la pandemia con los productos sanitarios, que desataron una crisis de suministro global que dio con el tiempo más rienda al proteccionismo y a la reversión de las políticas de deslocalización de las empresas. Todo esto sumado a su vez, a una mayor competición por suministros estratégicos claves en el desarrollo tecnológico como algunas materias primas críticas y tierras raras.

A FUTURO

“No seremos creíbles en nuestra ambición de ser un actor geopolítico si no somos capaces de resolver los problemas de nuestra vecindad inmediata” dijo Borrell en 2019 cuando era Alto Representante de la Unión Europea, no solo refiriéndose a la casuística rusa y el afán expansionista de Putin, si no al gran olvidado, la frontera sur, el Mediterráneo. La frontera entre África y Europa constituye la más desigual del mundo, solo en PIB, España es 15 veces mayor que Marruecos. De esto son conscientes los actores geopolíticos mundiales y de ahí el empeño de China en controlar puertos africanos o de Rusia de hacer mediante los mercenarios de Africa Corps (antiguo grupo Wagner) las labores militares que hacían las misiones de la UE, OTAN y la ONU sobre el terreno. Una herramienta más para manejar los flujos migratorios a antojo de las grandes potencias controladoras de la región, solo con el objetivo de desestabilizar a Europa.

Contra eso, Europa debe reforzarse conjuntamente y será en esa unión y cohesión donde podrá nacer la mayor ventaja que pueda llegar a tener, como señala el primer ministro italiano, Mario Draghi en el informe que lleva su nombre. Ante esto se plantean varios dilemas de encaje de bolillos: ¿Qué pasa con la OTAN si Europa se refuerza conjunta y autónomamente? ¿En qué debemos gastar más y en qué mejor? ¿Si se forja la Unión Europea de la defensa nos podemos permitir dejar fuera a aliados naturales como Reino Unido, Noruega o Turquía? Y con estas muchas más.

Europa no debe caer en la quimera de un ejército común que llevaría décadas crear y afianzar, además de la cesión más importante de soberanía que seguramente la mayoría de los países miembros no estarían dispuestos a acometer. 

En cambio, la panacea no es gastar más a lo loco, si no aprovechar el actual impulso de la defensa para crear unas capacidades comunes que afiancen la interoperabilidad entre cuerpos de distintos países, desarrollar una industria de defensa europea fuerte y enfatizar en el fomento de los lazos de cooperación con países aliados de fuera de la Unión Europea. Papel muy importante juegan aquí los PESCO (Permanent Structured Cooperation) con proyectos en todas las áreas de la defensa y divididos en grupos de trabajo liderados por los países según expertis de su industria.


Una unión que debe materializarse también en el comercio, que sigue siendo la gran baza del continente para seguir participando en el tablero mundial en estos tiempos de aranceles y futurible guerra comercial. Entiéndase que no es lo mismo afrontar unas negociaciones siendo el representante de 450 millones de ciudadanos que de 50 y esa es una oportunidad que, con sus tensiones, muy pocos tienen en este mundo cada vez más regionalizado y menos global. 

De ahí, que a muchos no les haya gustado el reciente acuerdo firmado en Escocia entre la Unión Europea y Estados Unidos. Nos llevamos un 15% de aranceles a la exportación de nuestros productos, la promoción de aranceles 0 para que los productos americanos compitan en Europa y además comprometemos miles de millones de euros en la compra de energía y material militar y de defensa a empresas norte-americanas. ¿Dónde gana aquí Europa? Es normal que muchos actores políticos y sociales vean este acuerdo como una "bajada de pantalones" más de la Comisión, únicamente con el fin de evitar una "guerra" en un continente con superávit en la balanza comercial con EEUU. Hasta tal punto llega lo decrépito del acuerdo que Trump, consciente de que Europa, a raíz de años de mucha inversión, cuenta con grandes empresas expertas en energías renovables y sobre todo eólica, razón por la cual ha excusado el rechazo a estas energía bajo el pretexto de que "hacen muy feos los paisajes" y que eso él no lo quiere para sus grandes llanuras. Simplemente una jugada más para anular una de las bazas que Europa podía jugar en el pacto arancelario con Estados Unidos.

Además y al respecto del comercio también, Europa debería quizás revisar sus normas de libre comercio con el exterior. Qué sentido tiene que China de la mano de sus empresas realice grandes inversiones en sectores estratégicos como el automovilístico, copando la industria y rompiendo el mercado, mientras las empresas europeas no pueden en cambio entrar en el mercado chino con tanta facilidad. Esto y muchas políticas climáticas reflejan una falta de competitividad que, aún solucionando los problemas de dependencia en toda la cadena productiva, no parece que tenga pronto cambio. De ahí la necesidad de hacer planes industriales en sectores claves como el de los microprocesadores o en el de los semiconductores.


Para cerrar, cabe destacar  que hubo un tiempo donde Europa se dejó llevar por el optimismo después de la caída del Telón de Acero: la democracia estaba en auge, las libertades se expandían y la guerra se alejaba de occidente permitiendo la expansión de proyectos económicos y sociales.

Pero ese optimismo fue la base de muchos de los problemas actuales cuando el continente se olvidó de sus amenazas y confío sus intereses donde no debía haberlo hecho.

El futuro estará seguramente en el equilibrio entre los valores y el pragmatismo en un contexto de nueva globalización, contando con que Europa, a pesar de todo, sigue siendo uno de los bloques ricos e industrializados, el proyecto más exitoso de paz que se ha dado en el mundo y una salvaguarda en momentos de crisis. 

“Europe is the future” versaba un mural en Bruselas frente al Parlamento Europeo, y es que hasta hoy los más euroescépticos no reclaman ya la salida de la UE, porque saben que es un proyecto de éxito, con errores, pero de éxito.




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